Mayo 31 de 2020
UNA MUJER REDIMIDA
“Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”
Juan 8:10-11
Fue una tarde del 28 de octubre del año 2004, recibimos la visita de tres mujeres a quienes se les había invitado a la casa a orar por mi hermano, el cual estaba en cama producto de un grave accidente. Lo que inicialmente se había hecho con la intención de clamar a Dios por la salud de él, se convirtió en lo que disipó las tinieblas que invadían mi vida y a toda mi familia.
Ese día conocí el amor verdadero, la fuente de vida eterna, la paz que sobrepasa todo entendimiento y se rompieron todas mis cadenas. Aquellas valientes mujeres nos hablaron de Jesús y su obra redentora, del motivo por el cual fue a la cruz y debía entregarle mi vida. Nunca entendí tal verdad como aquel día, siempre escuché acerca de ese hombre crucificado, pero no dimensionaba la magnitud de su obra por mí. Aquella tarde comprendí que soy el fruto de su aflicción, que mis estándares para medir el pecado no son los mismos de ÉL, comprendí que por la desobediencia de los embajadores de la humanidad (Adán y Eva) en el huerto del Edén fui destituida de la gloriosa presencia de Dios y por tanto necesitaba urgentemente de un Salvador (mi dulce Jesús) sino quería pasar una eternidad de sufrimiento.
Fue así como mi buen Señor se presentó delante de mí para decirme como a la mujer de la cual hace referencia el texto que hoy cito: ¿Dónde están los qué te acusaban? ÉL me hizo saber que el acta que estaba en contra de mí a causa de mis pecados fue anulada en la cruz del calvario.
“Anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz”
Colosenses 2:14
De aquella mujer que se menciona en el evangelio no se conoce el nombre, pero sí su pecado; de igual forma nuestra vida sin Jesús puede pasar en el anonimato y en constantes culpas y señalamientos; pero cuando ÉL viene a nuestro encuentro quita la condenación y nos hace parte de su familia.
“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios”
Efesios 2:19
En gratitud he decidido obedecerle, servirle y adorarle hasta mi último respiro.
Si hoy has entendido que tu vida necesita un salvador, ese que puede librarte de la condenación eterna, haz la siguiente oración en voz alta y con todo tu entendimiento:
“Señor Jesús hoy reconozco que te necesito, perdona mis pecados, librame de la condenación a causa de ellos. Escribe mi nombre en el libro de la vida, te acepto como mi único y suficiente salvador. Sellame con el Espíritu Santo y revelame tu verdad” Amén.
Te invito ahora a acercarte a las sagradas escrituras, pues solo ellas pueden mostrarte a Jesús, el único camino al Padre.
Dios te bendiga.
Alejandra Bustamante.
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