NO FUI YO, FUE ÉL


Septiembre 11 de 2020


NO FUI YO, FUE ÉL


“Entonces la gente, visto lo que Pablo había hecho, alzó la voz, diciendo en lengua licaónica: Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros. 

Y a Bernabé llamaban Júpiter, y a Pablo, Mercurio, porque éste era el que llevaba la palabra” 


Hechos 14:11-12 


Estando en cierta región llamada Listra, Pablo y Bernabé se toparon en su camino con un hombre imposibilitado de los pies, que nunca había caminado. Pablo, fijando los ojos en él y viendo que tenía fe para ser sanado, le dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies y aquel hombre de inmediato saltó y anduvo. 


Ante el acontecimiento anterior, la gente que fue testigo, asumió que Pablo y Bernabé eran dioses en semejanza de hombres, atribuyéndoles nombres de los ídolos paganos de su ciudad (Júpiter y Mercurio). Incluso parte de la multitud se fue apartando, unos a traer dos o más toros gruesos listos para el sacrificio a Júpiter, y otros en busca de guirnaldas de flores con que decorar los cuernos de las víctimas. 


Lo anterior, puso al descubierto la condición espiritual de aquellos hombres, en ningún momento le adjudicaron aquel milagro al único Dios verdadero, por el contario, le hicieron honores a Pablo y Bernabé, asumiéndolos como seres dignos de idolatrar. Algo similar ocurre en la actualidad, es frecuente escuchar de personas que son sanadas y le atribuyen todos los méritos a la medicina, por supuesto los médicos son instrumentos que Dios usa para beneficiar muchas vidas, sin embargo, es necesario comprender que sin la intervención divina nada de esto sería posible. 


Del mismo modo, es muy común ver personas que al poseer grandes habilidades asumen que son producto única y exclusivamente de su intelecto, otras creen que sus comodidades o riquezas son el resultado solo de su trabajo, desconociendo a aquel del cual proviene toda buena dádiva y finalmente, se encuentran aquellos que para buscar solución a alguna dificultad visitan videntes o gente que practica brujería. 


Para dar lugar a la reflexión, examinar nuestro corazón e identificar si hemos caído en la vana gloria, atribuyéndonos méritos que no nos pertenecen, realicémonos las siguientes preguntas: 


¿Me molesta cuando no recibo elogios por alguna labor realizada? 

¿Asumo siempre que voy a obtener grandes logros confiando exclusivamente en mis capacidades? 

¿Creo que mi vida o salud depende únicamente de lo que yo pueda hacer por mí? 

¿Creo que todos a mi alrededor deben rendirme pleitesía? 


De las respuestas que demos a las anteriores preguntas, se develará si hemos robado la Gloria a Dios en algún momento, de ser así pidamos perdón con un corazón contrito y humillado. 


Alabemos a aquel que es dueño de la Gloria y reconocimiento 




Dios te bendiga.


Alejandra Bustamante.



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